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ROMBOS. ÚLTIMA VERSIÓN

Una espera interminable, indefinida, inesperada, irreal, atemporal. Había visto posibles imágenes para la tapa, colores y tipografía; ya conocía el título del libro y algunas de las historias que allí había atesoradas; sabía cuántos cuentos iba a tener, el esfuerzo del autor, la búsqueda de la editorial… Creía que lo sabía todo, pero no, ni siquiera lo había visto en vivo y en directo, aún no lo había podido hojear, inspeccionar, leer ni oler… Hasta que una tarde de agosto apareció una posibilidad… Iba a poder tener los textos que conformaban el libro. Desconocía si impresos, anillados, colgados, enviados; solo estaba al tanto que eran los textos, no el libro impreso. Esa tarde de agosto comenzó a hacerse noche y en esa noche muchas luces iluminaron mi espera en ese bar. Unas manos me acercaron un paquete y recibí hojas impresas, blancas, con letras en negro, sueltas y juntas, ordenadas, dobladas de a pares, con olor a papel, no a libro, sin tapa ni contratapa ni lomo; era una impres...

DICIEMBRE

Te detuviste a mirar ese atardecer rosado. O solo bajaste del auto por un rato, tal vez querías disfrutar de la quietud del campo de esa tarde de diciembre, con las montañas de fondo… Tal vez querías saber qué te estaba pasando, qué le ibas a decir cuando la vieras… Sabías que ella iba a estar esperando, habías prometido que estarías en el muelle cuando saliera la primera estrella… Números que se suceden, unos tras otros, arremolinados en el viento cálido que trae el verano. Números que no saben lo que podrá pasar, inocentes de los días que están por venir. Números que sí saben lo que va a pasar, culpables de algunos recuerdos de ese calendario. Números que al sumarlos dan otros números, cada cual con un significado, una forma, un color. Números mezclados con letras que se si pudieran moldear algunos, también parecerían números… Números que nos marcaron, que nos dan cita, que nos llegan por sorpresa, que traen algún mensaje, que nos dicen todo o no nos dicen nada. En línea ...

Nuestra luna

Esta es nuestra noche, en el cielo brilla nuestra luna, vos ya estarás en tu casa o quizás en camino hacia ella; yo estoy en el balcón disfrutándola. Cuando era chica en cada luna llena siempre pedía deseos, hoy ya no me acuerdo cuáles eran, pero sí sé lo que deseo ahora. Lo he gritado al viento muchas veces, pero ahora prefiero callarlo porque tengo miedo de que se lo cuente a los árboles y ahí mi deseo sería revelado. También guardo secretos que solo la luna y yo conocemos... En esta hermosa noche de luna llena desearía que estuvieras acá, igual lo estás de alguna manera, siempre estás aunque no estés en persona. Sería más lindo si estuvieras, podríamos tomarnos de la mano, podrías acariciar mi cara, darme esos besos suaves que a mí me gustan, podría acariciar tus canas, tocar tu piel suave, podríamos besarnos sin prisa, podrías aconsejarme acerca de todo lo que necesito.  

El gran árbol de Navidad

   Esta Navidad quiero armar un gran árbol. Había perdido mi árbol de la infancia, lo habían tirado abajo, había perdido mi pino azul, se había caído en una tormenta. No quería seguir comprando árboles pequeños. Quería un gran árbol. Nunca antes lo había tenido ni muchos menos lo habíamos armado estando en familia. Hasta que una vez lo tuve, era bastante alto, y recuerdo que me llevó tiempo armarlo, ponerle las luces, las guirnaldas. Hasta que quedó armado. Lo disfruté muchísimo, todas las tardes prendía las lucecitas y me quedaba mirándolo. Tenía un pesebre y algunas cartas enganchadas en el árbol. Había puesto un muérdago en la puerta del departamento y había besado a mi novio ahí mismo. Ese año tuve mi gran árbol y fue la única vez en mi vida, porque todo el tiempo anterior no lo tuve y todo el tiempo posterior tampoco.

Reencuentro

Después de resumir quince años en dos horas, caminamos hacia el lago. El sol estaba en lo alto, el frío era lo de menos. De pronto, Javier se detuvo. Lo miré. -Estás más linda que nunca -dijo. Y mientras hablaba se iba acercando hacia mí. El reflejo del sol iluminaba sus ojos color miel. Me puse cerca de él. Le acaricié la cara y mirándolo a los ojos le dije: -Te estoy buscando hace más de diez años. -Nunca te pude olvidar -dijo él. Yo tampoco -respondí. Me miró los labios. Lo que más deseaba era que me besara. Volví a acariciarlo, ahora le pasé la mano por el pelo que dejaba entrever algunas canas. Me agarró de la cintura y cuando me tuvo bien cerca me besó.  Ahora entendía por qué había extrañado tanto esos besos y esa forma de acariciarme. Ahora entendía porqué no había podido olvidar su sonrisa. No pudimos recuperar veinte años con un beso, pero sí pudimos recrear ese amor adolescente que una vez habíamos tenido. Fuimos a su casa e hicimos el amor como dos adolescentes. Est...