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ESTRELLAS

Luces color ocre y blanco se reflejan en el agua del dique. Parecen columnas que tiemblan en el agua, caminos que se cruzan, líneas que se mueven para todos lados. Parecen estrellas que brillan en la superficie del agua, en el cielo y en el aire, que aparecen y desaparecen con su luz… en líneas rectas, verticales o diagonales. Y allí están, detrás tuyo, en un arco dorado hecho de estrellas que iluminan tu noche, mi noche, nuestra noche. Al ritmo de su propia melodía se encienden y apagan, algunas con más intensidad que otras. Calmas, serenas; intermitentes, huidizas, en complicidad con las estrellas que brillan en el agua. De pronto, las del arco comienzan a cambiar de color, ahora también hay azules, amarillas, rojas, violetas, naranjas… Me acerco hasta vos, quiero que el arco nos ilumine los sueños. Una estrella naranja se enciende con más intensidad por sobre las demás cuando me aferrás por la cintura y nos ponemos frente a frente… Parece titilar, ¿se irá a apagar, a prender...

Noche cerrada

Cuando llegó la noche supe que no quería estar en esa cabaña. Durante el día había tenido señales, el ser de colores que merodeaba por fuera, el espejo que había visto en la pared del cuarto, pero que no estaba, y por el que podía ver ese ser de colores a través de la ventana, el rechazo que sentía al no querer dormir en esa habitación. El viento parecía que iba a descolocar el techo de la cabaña, temblaban los postigos, entraba un tenue viento por algún rincón de la ventana que hacía mover las cortinas del comedor. Prendí la televisión, era mi única compañía. No le podía dar la espalda a la puerta, sentía una presencia al lado de la chimenea. Me recosté en una cama que había frente a la televisión y más cerca de la puerta de entrada. De pronto, escuché un ruido al lado de la chimenea, era como si alguien estuviera moviendo los pies y haciendo ese sonido de tac, tac, con un pie y con otro. Prendí la linterna del celular, no había nada, solo una mancha más clara en el piso. Al rat...

El gran árbol de Navidad

   Esta Navidad quiero armar un gran árbol. Había perdido mi árbol de la infancia, lo habían tirado abajo, había perdido mi pino azul, se había caído en una tormenta. No quería seguir comprando árboles pequeños. Quería un gran árbol. Nunca antes lo había tenido ni muchos menos lo habíamos armado estando en familia. Hasta que una vez lo tuve, era bastante alto, y recuerdo que me llevó tiempo armarlo, ponerle las luces, las guirnaldas. Hasta que quedó armado. Lo disfruté muchísimo, todas las tardes prendía las lucecitas y me quedaba mirándolo. Tenía un pesebre y algunas cartas enganchadas en el árbol. Había puesto un muérdago en la puerta del departamento y había besado a mi novio ahí mismo. Ese año tuve mi gran árbol y fue la única vez en mi vida, porque todo el tiempo anterior no lo tuve y todo el tiempo posterior tampoco.

La despedida

Camino hacia la puerta de tu taller. No hay nadie en esta parte del edificio. Solo hay mucho viento. Me parece oír tu voz, me apuro en llegar. La puerta está cerrada. Es una tarde de invierno; pareciera como si este edificio estuviera vacío, vacío de los que habitan, del personal de seguridad, vacío por todos lados.  Tengo demasiado frío. Si estuvieras acá, podríamos estar tomando un café batido, de esos que me hacías. Me quedo parada frente a la puerta, mirándola. Recuerdo aquel mediodía en el que bajé a pedirte ayuda para arreglar el cajón. Aún me parece estar escuchando la canción “Killing me softly”, es como si la melodía saliera por debajo de esta puerta cerrada. Nunca te lo dije: me hubiera encantado que la bailáramos juntos.  Cierro los ojos y empiezo a moverme al sonido de esa canción. Tendríamos que haberla cantado juntos, también. Sonrío imaginando cómo te reirías si te dijera esto, lo de cantar juntos. Me pongo a cantar, no voy a hacer que vuelvas, pero vo...

Cielos

El cielo está lleno de nubes que se desdibujan a cada rato… Hoy no hay seres alados ni figuras divinas. Solo hay letras, letras que se repiten… Hay varias “o”, algunas “u” y muchas “v”. ¿Será “verdad” la palabra? ¿O tal vez “victoria”? Una vez más, cielos; una vez más, formas; una vez más, señales. La diferencia es que en vez de números ahora veo letras. Y los seres alados vuelven a aparecer… Y los pensamientos que van y vienen como ondas telepáticas, también.  Antes, los números me condujeron a conocer una forma distinta de guiarme. Ahora, las letras, ¿qué me quieren decir? Los mensajes se aparecen de manera continua, casi como una repetición; yo, ¿les hago caso? Tal vez si lo hiciera, podría descifrarlos. Quizá sea una cadena de señales con un mensaje final que se devele en algún momento. O quizá solo se repiten para mostrar que aún no han ocurrido, que están ahí por suceder en algún momento y que son solo la mera repetición como si fueran un deja vú , como si hubieran qu...

En esa esquina

Francisco aún creía en el amor. No tenía hijos, solo un perro blanco, llamado Athos que quería jugar a cada rato con él. Lo molesto fue cuando se encontró con Estefy porque Athos no paraba de saltar y él no podía mirarla a los ojos. Si lo retaba ella podría llegar a creer que él era un chico rudo, pero si lo dejaba saltar alborotadamente ella podría llegar a creer que él era muy blando. A Francisco no le gustaban los extremos, así que decidió relajarse y mirar  a Priscila, eso era mucho más interesante que estar atento a su perro. Ella ahora acariciaba a Athos, sus manos... ¿Serían suaves?, ¿tendrían rayitas en las palmas?  El viento soplaba esa tarde de invierno. Los pelos de Estefy se movían con el viento. "Voy a lo de mi tía", dijo ella y lo miró a los ojos. Él también la miró. La mirada de ella lo cautivaba, lo desnudaba, se sentía sin peso en los hombros, sin frío, sin calor. Era como que todo empezaba y terminaba en la mirada que se creaba entre los dos. Ella hablaba y...

Verte

Vengo hacia estas tierras y aquí es donde te siento y te pienso… Recuerdo aquella última vez, una tarde de lluvia. Antes de que comenzara a llover me escribiste para vernos, no lo dudé, tenía tantas o más ganas de vos o que vos. Tu nariz, tus labios, tus ojos negros…  Nos vimos y caímos en el abismo de besos y sexo apasionado. Nos encendimos en el piso, en la silla, en el aire, detrás de la cama elevada, debajo de un ventilador. Nos apagamos mirándonos a los ojos mientras me contabas de qué trata “El hermano eterno”, de Zweig.  Me hubiera quedado toda la tarde escuchando historias de tu tierra o te hubiera dicho que nos fuéramos a la orilla del río a escuchar cómo corre el agua, pero llovía, podríamos haber ido igual al río, también podríamos habernos quedado hablando toda la tarde de tus tierras o haciendo el amor en las otras partes de la habitación que nos faltaban.