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CARTA A QUIEN CORRESPONDA

  “A quien corresponda: Así como apareciste, desapareciste… Fue real, yo te vi, de eso no tengo dudas, de que te besé, nos besamos e hicimos el amor. Todo lo demás que pasó después no sé si fue un sueño o una realidad. Como un mago me mostraste que la magia está intacta… Después de mucho tiempo pude volver a ver los diferentes colores del cielo, abrazar a los árboles, encontrar el amor en la naturaleza, en una mariposa o en una vaquita de San Antonio. Gracias por haberme dejado soñar o ser parte de tu sueño de querer vivir, de querer encontrar un poco de luz en tanta oscuridad… Ahora ya no hay más remedio, volviste a la oscuridad, a esa calavera, a las flores para la tumba, a los soles apagados, a la intemperie, al frío de la muerte, a la humedad de ese ataúd… Y yo ahí no tengo cabida, porque soy luz, soy literatura”.                            ...

ROMBOS. ÚLTIMA VERSIÓN

Una espera interminable, indefinida, inesperada, irreal, atemporal. Había visto posibles imágenes para la tapa, colores y tipografía; ya conocía el título del libro y algunas de las historias que allí había atesoradas; sabía cuántos cuentos iba a tener, el esfuerzo del autor, la búsqueda de la editorial… Creía que lo sabía todo, pero no, ni siquiera lo había visto en vivo y en directo, aún no lo había podido hojear, inspeccionar, leer ni oler… Hasta que una tarde de agosto apareció una posibilidad… Iba a poder tener los textos que conformaban el libro. Desconocía si impresos, anillados, colgados, enviados; solo estaba al tanto que eran los textos, no el libro impreso. Esa tarde de agosto comenzó a hacerse noche y en esa noche muchas luces iluminaron mi espera en ese bar. Unas manos me acercaron un paquete y recibí hojas impresas, blancas, con letras en negro, sueltas y juntas, ordenadas, dobladas de a pares, con olor a papel, no a libro, sin tapa ni contratapa ni lomo; era una impres...

Te vi

En esa terraza te vi esa noche de diciembre, la luna estaba redonda, esa redondez se reflejaba en tus pupilas y hacía que tus ojos brillaran. No sé si éramos miles o cinco, si te diste cuenta de que te miré o si  es que el viento era tan fuerte como para que me cambiaras el lugar. Sólo sé que te vi cuando entraste y que tuve ganas de hablarte. Sólo me importa recordar que estabas puesto en el mismo espacio de tiempo y lugar que el mío… Si fue obra de la casualidad, de la estrategia o de la causalidad no lo sé, porque de alguna manera creo que esa noche nos lo tenía todo preparado para que nos cruzáramos, para que se cruzaran nuestras miradas. Aquella noche las palabras flotaban en el aire como sostenidas por luciérnagas y giraban alrededor nuestro, desenfrenadas y calmas a la vez, iban y venían con distintos matices; se movían con el viento, algunas volaban y se iban lejos, otras seguían cerca de nosotros. Cuando llegó el amanecer, las luciérnagas se apagaron y las palabras ...

Decime

Extraño cada milímetro de tu piel, el sabor a café de tus besos, tus abrazos de oso.  Cuánto tiempo pasó sin besarnos, cuántas horas perdimos; una tarde no puede alcanzar para recuperarlas. Decime que me amás, que no podés dejar de pensar en mí, que las canciones te hacen recordarme, también los atardeceres. Decime "estemos juntos otra vez, te voy a llevar a cenar o de viaje, te amo solo a vos...". "Nada es tan nuestro como lo que dejamos en libertad para que se vaya y no se va". Zab. G. Andrade.

Nuestra luna

Esta es nuestra noche, en el cielo brilla nuestra luna, vos ya estarás en tu casa o quizás en camino hacia ella; yo estoy en el balcón disfrutándola. Cuando era chica en cada luna llena siempre pedía deseos, hoy ya no me acuerdo cuáles eran, pero sí sé lo que deseo ahora. Lo he gritado al viento muchas veces, pero ahora prefiero callarlo porque tengo miedo de que se lo cuente a los árboles y ahí mi deseo sería revelado. También guardo secretos que solo la luna y yo conocemos... En esta hermosa noche de luna llena desearía que estuvieras acá, igual lo estás de alguna manera, siempre estás aunque no estés en persona. Sería más lindo si estuvieras, podríamos tomarnos de la mano, podrías acariciar mi cara, darme esos besos suaves que a mí me gustan, podría acariciar tus canas, tocar tu piel suave, podríamos besarnos sin prisa, podrías aconsejarme acerca de todo lo que necesito.  

Oleaje

  Y ahí estás, parado, estable, con los pies firmes en la arena mirando hacia el mar... Un mar calmo, con olas suaves que se empiezan a agitar, a mover, nada las detiene, se elevan, son fuertes, salvajes, duras, rompen con lo que haya en su camino y van como en un destino trazado a acariciar la orilla, ¿será que necesitan estar más cerca de la arena? O tal vez solo quieran mostrar que no son solo fuertes y bravas, que también pueden ser blandas, cálidas cuando llegan a la orilla... Para luego volver hacia atrás, para ir y venir dejando una espuma blanca, una clara señal de que allí estuvieron. "Las olas son como cada uno de nosotros,  nos mostramos de una manera y también de otra, tenemos un lado fuerte y un lado blando, oscuro y luminoso, furioso y calmo. Estamos continuamente en un ir y venir, en un estar siendo y en un yendo. Y en ese fluir que tenemos vamos dejando nuestra impronta, nuestra esencia, nuestra señal, nuestra huella en los corazones de quienes saben escucharlo...

Pensando

He estado pensando cómo decirte que tengo ganas de verte, de compartir el estar siendo de nosotros en una caminata o en una charla.  He estado pensando qué palabras usar, más no las encuentro, más me perturba no encontrarlas y no comunicártelo. Por esto es que he decidido escribirte una frase: "Tal vez antes de que nos encontráramos ya había caminado por donde habías pasado, ya había ido por las mismas calles, ya había visto el lago, escuchado a los pájaros; ya había ido al mismo café o había tomado mate en la misma plaza... pero lo había hecho sola, sin que estuviéramos los dos, y el haber compartido juntos, momentos breves, fugaces hace que ahora estén en mí, empezando a latir, volviendo a renacer".

Noche cerrada

Cuando llegó la noche supe que no quería estar en esa cabaña. Durante el día había tenido señales, el ser de colores que merodeaba por fuera, el espejo que había visto en la pared del cuarto, pero que no estaba, y por el que podía ver ese ser de colores a través de la ventana, el rechazo que sentía al no querer dormir en esa habitación. El viento parecía que iba a descolocar el techo de la cabaña, temblaban los postigos, entraba un tenue viento por algún rincón de la ventana que hacía mover las cortinas del comedor. Prendí la televisión, era mi única compañía. No le podía dar la espalda a la puerta, sentía una presencia al lado de la chimenea. Me recosté en una cama que había frente a la televisión y más cerca de la puerta de entrada. De pronto, escuché un ruido al lado de la chimenea, era como si alguien estuviera moviendo los pies y haciendo ese sonido de tac, tac, con un pie y con otro. Prendí la linterna del celular, no había nada, solo una mancha más clara en el piso. Al rat...

Reencuentro

Después de resumir quince años en dos horas, caminamos hacia el lago. El sol estaba en lo alto, el frío era lo de menos. De pronto, Javier se detuvo. Lo miré. -Estás más linda que nunca -dijo. Y mientras hablaba se iba acercando hacia mí. El reflejo del sol iluminaba sus ojos color miel. Me puse cerca de él. Le acaricié la cara y mirándolo a los ojos le dije: -Te estoy buscando hace más de diez años. -Nunca te pude olvidar -dijo él. Yo tampoco -respondí. Me miró los labios. Lo que más deseaba era que me besara. Volví a acariciarlo, ahora le pasé la mano por el pelo que dejaba entrever algunas canas. Me agarró de la cintura y cuando me tuvo bien cerca me besó.  Ahora entendía por qué había extrañado tanto esos besos y esa forma de acariciarme. Ahora entendía porqué no había podido olvidar su sonrisa. No pudimos recuperar veinte años con un beso, pero sí pudimos recrear ese amor adolescente que una vez habíamos tenido. Fuimos a su casa e hicimos el amor como dos adolescentes. Est...

En esa esquina

Francisco aún creía en el amor. No tenía hijos, solo un perro blanco, llamado Athos que quería jugar a cada rato con él. Lo molesto fue cuando se encontró con Estefy porque Athos no paraba de saltar y él no podía mirarla a los ojos. Si lo retaba ella podría llegar a creer que él era un chico rudo, pero si lo dejaba saltar alborotadamente ella podría llegar a creer que él era muy blando. A Francisco no le gustaban los extremos, así que decidió relajarse y mirar  a Priscila, eso era mucho más interesante que estar atento a su perro. Ella ahora acariciaba a Athos, sus manos... ¿Serían suaves?, ¿tendrían rayitas en las palmas?  El viento soplaba esa tarde de invierno. Los pelos de Estefy se movían con el viento. "Voy a lo de mi tía", dijo ella y lo miró a los ojos. Él también la miró. La mirada de ella lo cautivaba, lo desnudaba, se sentía sin peso en los hombros, sin frío, sin calor. Era como que todo empezaba y terminaba en la mirada que se creaba entre los dos. Ella hablaba y...

La casa vacía

Abro la puerta, la casa está vacía. Camino por el living, la oscuridad lo invade, la biblioteca es lo único que queda. Entro a la cocina, la persiana apenas levantada me deja ver el parque, el parque por el que corrí tantas veces siendo pequeña. Abro la canilla, el agua no sale, hasta que escucho un sonido ronco que viene como desde las entrañas de la casa, el agua aún no sale... Pongo las manos abiertas debajo de la canilla, y de repente, sale agua fría, tan fría que pareciera que me pincha los dedos como agujas. Dejo la canilla abierta, el correr del agua retumba en la casa hueca; los recuerdos de la abuela que me hacen tanto ruido vuelven con el agua. Quisiera que estuviese acá, conmigo…, pero no está, todo se terminó el día que se la llevaron… Vuelvo al living, con un poco de luz que entra por ese enorme ventanal, me fijo qué libros quedaron en la biblioteca. Estos libros cuentan la historia de ella; son todos los que leyó. Agarro los que vine a buscar:  Las mil y una noches,...