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ROMBOS. ÚLTIMA VERSIÓN

Una espera interminable, indefinida, inesperada, irreal, atemporal. Había visto posibles imágenes para la tapa, colores y tipografía; ya conocía el título del libro y algunas de las historias que allí había atesoradas; sabía cuántos cuentos iba a tener, el esfuerzo del autor, la búsqueda de la editorial… Creía que lo sabía todo, pero no, ni siquiera lo había visto en vivo y en directo, aún no lo había podido hojear, inspeccionar, leer ni oler… Hasta que una tarde de agosto apareció una posibilidad… Iba a poder tener los textos que conformaban el libro. Desconocía si impresos, anillados, colgados, enviados; solo estaba al tanto que eran los textos, no el libro impreso. Esa tarde de agosto comenzó a hacerse noche y en esa noche muchas luces iluminaron mi espera en ese bar. Unas manos me acercaron un paquete y recibí hojas impresas, blancas, con letras en negro, sueltas y juntas, ordenadas, dobladas de a pares, con olor a papel, no a libro, sin tapa ni contratapa ni lomo; era una impres...

Distancias

 Había una vez una princesa que había nacido sin nombre; todo lo demás tenía nombre, menos ella. Era una jovencita de cabellos y ojos color marrón. Un día, su madre, decidió que había llegado el momento de que tuviera un nombre. Le preguntó cuál le gustaría, pero la princesa no le respondió. La reina dijo que así no podía seguir, que ya le había dado mucho tiempo para pensar. La princesa permaneció callada. “¡Respondeme!”, le había dicho la reina levantando la voz. Y la princesa siguió ensimismada mirando hacia el piso sin decir ni una sola palabra. “¡A partir de hoy te llamarás Iverna!”, había sentenciado la reina. La princesa quería decirle que no sabía qué nombre tener, que hubiera preferido que se lo eligieran al nacer… Aquella noche la princesa durmió muy poco, pensó qué hacer, sabía que en el bosque había un lugar donde cambiaban los nombres. Antes de que amaneciera se fue a uno de los establos, buscó a Hans, su caballo de pelaje negro, y le dijo: “¡Nos vamos de aquí!”. Cab...

Noche cerrada

Cuando llegó la noche supe que no quería estar en esa cabaña. Durante el día había tenido señales, el ser de colores que merodeaba por fuera, el espejo que había visto en la pared del cuarto, pero que no estaba, y por el que podía ver ese ser de colores a través de la ventana, el rechazo que sentía al no querer dormir en esa habitación. El viento parecía que iba a descolocar el techo de la cabaña, temblaban los postigos, entraba un tenue viento por algún rincón de la ventana que hacía mover las cortinas del comedor. Prendí la televisión, era mi única compañía. No le podía dar la espalda a la puerta, sentía una presencia al lado de la chimenea. Me recosté en una cama que había frente a la televisión y más cerca de la puerta de entrada. De pronto, escuché un ruido al lado de la chimenea, era como si alguien estuviera moviendo los pies y haciendo ese sonido de tac, tac, con un pie y con otro. Prendí la linterna del celular, no había nada, solo una mancha más clara en el piso. Al rat...

Reencuentro

Después de resumir quince años en dos horas, caminamos hacia el lago. El sol estaba en lo alto, el frío era lo de menos. De pronto, Javier se detuvo. Lo miré. -Estás más linda que nunca -dijo. Y mientras hablaba se iba acercando hacia mí. El reflejo del sol iluminaba sus ojos color miel. Me puse cerca de él. Le acaricié la cara y mirándolo a los ojos le dije: -Te estoy buscando hace más de diez años. -Nunca te pude olvidar -dijo él. Yo tampoco -respondí. Me miró los labios. Lo que más deseaba era que me besara. Volví a acariciarlo, ahora le pasé la mano por el pelo que dejaba entrever algunas canas. Me agarró de la cintura y cuando me tuvo bien cerca me besó.  Ahora entendía por qué había extrañado tanto esos besos y esa forma de acariciarme. Ahora entendía porqué no había podido olvidar su sonrisa. No pudimos recuperar veinte años con un beso, pero sí pudimos recrear ese amor adolescente que una vez habíamos tenido. Fuimos a su casa e hicimos el amor como dos adolescentes. Est...

Cielos

El cielo está lleno de nubes que se desdibujan a cada rato… Hoy no hay seres alados ni figuras divinas. Solo hay letras, letras que se repiten… Hay varias “o”, algunas “u” y muchas “v”. ¿Será “verdad” la palabra? ¿O tal vez “victoria”? Una vez más, cielos; una vez más, formas; una vez más, señales. La diferencia es que en vez de números ahora veo letras. Y los seres alados vuelven a aparecer… Y los pensamientos que van y vienen como ondas telepáticas, también.  Antes, los números me condujeron a conocer una forma distinta de guiarme. Ahora, las letras, ¿qué me quieren decir? Los mensajes se aparecen de manera continua, casi como una repetición; yo, ¿les hago caso? Tal vez si lo hiciera, podría descifrarlos. Quizá sea una cadena de señales con un mensaje final que se devele en algún momento. O quizá solo se repiten para mostrar que aún no han ocurrido, que están ahí por suceder en algún momento y que son solo la mera repetición como si fueran un deja vú , como si hubieran qu...

La casa vacía

Abro la puerta, la casa está vacía. Camino por el living, la oscuridad lo invade, la biblioteca es lo único que queda. Entro a la cocina, la persiana apenas levantada me deja ver el parque, el parque por el que corrí tantas veces siendo pequeña. Abro la canilla, el agua no sale, hasta que escucho un sonido ronco que viene como desde las entrañas de la casa, el agua aún no sale... Pongo las manos abiertas debajo de la canilla, y de repente, sale agua fría, tan fría que pareciera que me pincha los dedos como agujas. Dejo la canilla abierta, el correr del agua retumba en la casa hueca; los recuerdos de la abuela que me hacen tanto ruido vuelven con el agua. Quisiera que estuviese acá, conmigo…, pero no está, todo se terminó el día que se la llevaron… Vuelvo al living, con un poco de luz que entra por ese enorme ventanal, me fijo qué libros quedaron en la biblioteca. Estos libros cuentan la historia de ella; son todos los que leyó. Agarro los que vine a buscar:  Las mil y una noches,...