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Blanca

Me enfrento al acto de tenerte blanca, rayada, con espacios, solo vos y yo… Es tanto el miedo que me provocás que quiero hacerlo igual. Entregada, silenciosa, yo quiero infundirte mi vida, no dependes de nada, podés vivir ad infinitum vacía. Otra vez, maldita hoja en blanco que no me dejás escribir mis pesares. ¿Será que te pesan mis letras, mis palabras? ¿Será que tengo que ponerme más en órbita con mi espíritu?

Hola

"Hola" a las 21, "hola" en respuesta a las 22. Ya no puedo conectarme, hablaste solo, leí cada palabra, las recordé antes de borrar el mensaje. Pregunté qué te pasaba, no respondiste. Cuatro horas más tarde otro "hola". Cuatro días después otro "hola" a las 16. Aún no hay respuesta, la última vez que te conectaste fue ayer a las 20. ¿Qué harás, dónde habrás estado? En realidad no me importa… ¿Dónde estarás ahora? Tampoco importa. Que te conviertas en literatura, eso sí importa. O que me conviertas en literatura.

Ahogo

Hablame, necesito salir de esta monotonía, necesito un respiro, hablame de los ramilletes de flores, de Tacu Marumbú, hablame de tus tierras, de tus ríos, o mejor, ¿sabés qué?, no me hables, besame hasta que tengamos que irnos, hagamos el amor, no sé, besame, estoy ahogándome, necesito salir de esto que me comprime.

Desolvido II

Me olvidé de los besos que nos dimos, de las ansias por desnudarnos, de la suavidad de tu piel, de tu boca salda, de tus erres arrastradas. Me olvidé de cómo nuestros cuerpos se entendieron sin conocerse, de cómo tu carne se hizo carne con la mía, del tiempo que nos apuraba. Me olvidé de las ansias por encontrarnos sin habernos buscado. Me olvidé que quería dejarte unos cuentos. Me olvidé de seguir escribiendo. Pensarás que me olvidé de todo esto, pero no, no me olvidé, recuerdo cada instante…  Seguirás pensando que me olvidé, pero no, no lo olvidé, solo finjo no recordarlo.

Desolvido I

Me olvidé de las ansias que teníamos por encontrarnos sin habernos buscado, de que nos queríamos cruzar en cualquier lugar de esta ciudad. Me olvidé que quería leerte mis cuentos en el Café de la Esquina tomando un capuchino con sabor a almendras. Me olvidé cómo llegué hasta tu casa aquella tarde, en qué calles caminé, a qué hora, si alguien me habría visto, si era un día de sol o estaba nublado. Me olvidé de los besos tan esperados, de las ansias por desnudarnos, por sentir tu lengua en mi boca, de la suavidad de tu cintura y de tus ojos negros. Me olvidé de cómo mi cuerpo se entendió con el tuyo, sin vueltas, aplicando la química a una fórmula no tan conocida. Te preguntarás ¿cómo puede ser que lo haya olvidado? Pues no, no me olvidé de nada.  Recuerdo cada beso, susurro, gemido… Recuerdo cada instante… Solo finjo no recordarlo para que cuando leas esto me ayudes a reconstruir cada momento, una y otra vez, hasta que nos quedemos sin aliento, hasta que d...

De lluvia y de río

Llovía, las gotas cada vez eran más grandes y caían con más fuerza sobre la tierra. Ahí estábamos, parados, frente a frente. Lo busqué con mis ojos mientras se lo decía. Y él no solo me miró, sino que me agarró de la mano. Nos acercamos y fui en busca de un abrazo. Sentirlo cerca de mi pecho era como estar protegida, en un lugar cálido y vacío de angustias. Apoyé mi cabeza sobre su hombro, lo rodeé con mis brazos. Él me abrazaba agarrándome de la cintura, su cabeza descansaba en mi hombro; las gotas de lluvia nos salpicaban. Apoyó su mano sobre mi espalda; luego, me acarició la nuca, y el contacto con su ser me trajo el recuerdo de que alguna vez me habían amado. Las lágrimas se confundieron con las gotas que quedaban en mi cara. Abandoné su hombro y fui, nuevamente, en busca de su mirada, él hizo lo mismo. Luego, acercó su boca hacia la mía y rozó sus labios contra los míos. Cerré los ojos, creo que él también hizo lo mismo; escuchaba su respiración y cómo poco a poco nuestros labio...

Castillo

Cada vez que me había hablado parecía que iba a contarme un secreto. No sólo sus ojos me miraban fijo, había algo de Ale que despertaba mi curiosidad. Aquella tarde nos cruzamos en la librería que quedaba cerca de nuestras casas. No pasó demasiado tiempo para que comenzara a mirarme como solía hacerlo, pero algo había cambiado en él. Ahora sus ojos estaban colorados y hamacaban lágrimas. Me acomodé el pelo hacia un costado y le pregunté: -¿Qué libro vas a comprar? Balbuceó unas palabras y luego me invitó al café de la librería. Quería escuchar cada palabra que salía de su boca, mirar sus ojos para no olvidarlos y verle las manos, manos con las que cada mañana me escribía un correo electrónico o sacaba una foto para regalármela. Alrededor de él, una luz blanca lo envolvía y su ser desprendía un aroma dulce como la miel. Me habría encantado detener las agujas del reloj y quedarme suspendida en ese momento. Cada vez que nos mirábamos a los ojos era como entrar en esos túneles para...